Aqui pondré opiniones mias y chistes, para alegrar la visita que hagan al blog…procurando no ofender…y cualquier opinión será mas que bienvenida.

Les dejo este excelente reportaje…saludos: GZ

Rameras corregidas

Héctor de Mauleón

EL UNIVERSAL

A mediados del siglo XIX, la dueña de una florería del centro tuvo el mal tino de colocar, al frente de su tienda, un letrero en el que se leía: “Madame Coussin, ramera de París”.

El geógrafo Antonio García Cubas, que por ese tiempo fungía como regidor de la capital, creyó que había llegado la hora de iniciar la primera discusión entre publicidad e imagen urbana, y se lanzó a la calle a corregir los barbarismos, las necedades, las faltas de ortografía que habitaban los anuncios de una ciudad en gran parte iletrada.

García Cubas recordó en sus memorias que un fonducho ubicado sobre la calle de Balvanera anunciaba sus servicios de este singular modo: “Se guisa de comer”.

Muchas tiendas situadas en esquinas dividían los letreros, mitad hacia una calle y mitad hacia la otra, de manera que los caminantes podían hallar de pronto el siguiente disparate:

Buen remedio

es mejor

no tomarlo

ay

Era necesario doblar la esquina para captar el mensaje integro: “Buen remedio para el pecho es mejor que todos no tomarlo si no es en ayunas”.

Los anuncios publicitarios habían tomado la metrópoli en forma tan ostensible, que en 1842 Guillermo Prieto dedicó una crónica a los rótulos que decoraban las tiendas, los cafés y las peluquerías. Por él sabemos que toda novedad, toda aflicción, todo acontecimiento, se reflejaba en los nombres de las tiendas. Por él sabemos que algún tendero, deseoso de conmemorar los disturbios ocurridos en la capital en 1828, cometió el autogol imperdonable de llamar a su negocio “Tienda del saqueo”.

Había tantas “rameras de París” qué corregir, que en 1856 un ciudadano preocupado, José Meza, solicitó al gobierno que se le nombrara, sin retribución alguna, corrector de rótulos e inscripciones de los giros comerciales. Meza fue el primer corrector ortográfico de esa gigantesca edición de piedra que era la ciudad: antecedente del grupo de jóvenes que hoy integra el colectivo Acentos perdidos, cuya labor consiste en enmendar los anuncios que dinamitan la lengua en la vía pública (www.acentosperdidos.blogspot.com).

Meza no pudo abarcar, por sí solo, la ciudad decimonónica. En 1868 fue necesario establecer un consejo de profesores encargado de supervisar los letreros de las tiendas. El país se iba industrializando y la publicidad —con renovadas versiones de sus antiguas “rameras de París”— cundía en las calles como una peste, como una rabia.

De hecho, desde 1871, la gigantesca edición de piedra se convirtió en una gigantesca revista de piedra (anuncios de frascos, caras, tiendas, medicinas). Ese año, un tal Simón López pidió permiso para colocar anuncios en los cuatro ángulos del Zócalo, y S. J. Nathans, para instalar cartelones en “todas” las plazas públicas. 

Para 1876, un tal Epigmenio Barrera había descubierto que los postes de luz eran inmejorables para colgar letreros. ¿Qué ciudad resistiría esta ráfaga?

1883: Labordie y Pinzón piden permiso para colocar el primer espectacular en el techo de una droguería.

1885: Christens Jones hace trámites para instalar anuncios en postes de teléfono.

1895: Alberto Heredia coloca los primeros rótulos de gas neón en paredes de la capital. 1896: José Gresco pide montar anuncios luminosos… ¡en el techo del Palacio Municipal!

Para 1923, la publicidad era el paisaje. Los poetas estridentistas hablaban de “fachadas parlantes”, y en el texto fundador de la ciudad moderna, “El Joven”, Salvador Novo advirtió que ya no era posible “leer” los edificios sin incluir la cascada de anuncios que los ocultaban: Florsheim, Eveready, Tanlac (los fotoperiodistas del siglo XX no sólo describieron la ciudad que se ha llevado el viento: narraron las odas al consumo que saturan el horizonte urbano).

Casi un siglo después, la Ley de Publicidad Exterior, que contempla el desmonte de miles de anuncios espectaculares, no llega sólo a acotar los poderes de una dictadura del gusto más larga que Díaz, el PRI y Santa Anna: retoma la discusión entre publicidad e imagen urbana, y nos trae de vuelta una figura olvidada, la del corrector de estilo. El indispensable editor de esta impresión de piedra.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: